La importancia de la actitud

Todo lo que digamos respecto de la importancia de nuestra actitud es poco. Nuestra actitud y nuestro estilo comunican contenidos, lo mismo que nuestras palabras. Si notamos que las personas se sienten incomodas y a la defensiva, probablemente sea porque están reflejando nuestra actitud. Si transmitimos entusiasmo, en vez de una actitud defensiva, y si en lugar de soltar un monologo escuchamos con atención, probablemente se sentirán maravillados.

¿Por qué a veces nos sentimos incomodos o con culpa cuando compartimos el evangelio?

Tal vez porque todavía quedan rastros de incredulidad en nuestro corazón. Afirmamos creer, pero nuestra fe no es suficiente para estar dispuestos a salir de nuestra guarida. Irónicamente, la única manera segura de construir nuestra fe en Dios es reconocer nuestros temores y dudas y estar dispuestos a correr riesgos.

A veces damos por sentado que nuestros amigos no tendrán interés en las cuestiones espirituales, y en consecuencia no esperamos una respuesta positiva. Reconozco que hay mucha gente que siente desconfianza hacia la iglesia institucional y hacia el clero. Sin embargo, mi experiencia es que hay mucha apertura de la gente hacia cualquier expresión de fe que consideren genuina.

A veces nuestra incomodidad se debe a nuestros prejuicios hacia los no cristianos; los preconceptos son similares, no importa de qué país se trate. En una ocasión estaba dando una conferencia sobre la evangelización en la India, y una hermosa mujer vestida con el saritípico, levantó la mano y dijo: “un problema que creo que es exclusivo de los cristianos en nuestro país es que tenemos miedo de ofender a las personas cuando evangelizamos.” Le aseguré que ese era el comentario que más escuchaba no importa en que país me encontrara.

A los participantes de los talleres de evangelización les propongo hacer la siguiente dinámica: “Vuélvanse a la persona que tienen a la derecha y supongan que esa persona es un cristiano que acaba de preguntarles “¿qué tal el finde semana? ¿qué hiciste?” cuéntele acerca de este curso y coméntele alguna de las cosas que han aprendido hasta ahora”. De inmediato se escucha el murmullo de una conversación animada, y la gente comparte lo que ha aprendido.

Después de unos minutos digo: “bien, ahora inviertan los papeles para que la otra persona tenga la oportunidad de contar sobre este curso. Solo que esta vez imaginen que la persona que hace la pregunta es un amigo o conocido no cristiano”.

El silencio que se produce después de la segunda consigna es notable. Y el debate una vez finalizado el ejercicio, siempre es revelador. Cuando les pregunto cómo se sintieron al pasar del primer ejercicio al segundo, la respuesta es siempre la misma: “¡terriblemente incomodos!”

Las razones que suelen presentar son del estilo de la siguientes:

Me parecía que la otra persona no entendería nada”.

Pensaría que estoy loco”. “Diría que soy un pesado”.

Mi amiga se habría sentido incomoda”.

Me dirían que solo un fanático dedica los fines de semana a asistir a una conferencia cristiana”. Dan estas y otras explicaciones similares.

¡Con diferentes matices, he recibido esas respuestas en Norteamérica, Latinoamérica, Asía, India, Europa y el Medio Oriente!

Las he escuchado de parte de católicos, ortodoxos, y protestantes en general. ¡Si esas ideas paranoicas rondan nuestra mente, es lógico que nos sintamos incomodos con la evangelización! En otras palabras, nuestros prejuicios acerca de los demás atentas contra nuestra naturalidad y eficiencia.

Jesús nos manda no juzgar a otros. Eso significa que no debemos dar por sentado que una persona está cerrada a Dios. De hecho ¿por qué no suponer lo contrario y considerar que está abierta al evangelio? Tal vez fue ahuyentada por una imagen falsa y distorsionada de la fe cristiana, pero esa no es una mala sino una buena noticia. ¿Por qué no suponer lo mejor y creer que esa persona puede estar muy abierta a Dios, y a conocer a Jesús como realmente es? No tenemos fundamento para presuponer una actitud negativa.

He encontrado particularmente útil lo siguiente: si al hablar del evangelio con alguien, usted comienza a sentir que su temor comienza a subir de nivel, imagine que está hablando con un cristiano. Se sentirá más relajado y podrá mostrarse tal como es.

Con frecuencia, nuestros temores son interpretados en forma equivocada por la gente. Cuando actuamos en forma acartonada y extraña, confunden nuestra sensación de incomodidad con arrogancia. Creen que les estamos diciendo: “Voy a tratar de explicarte esto, pero estoy seguro de que eres demasiado mundano para poder captarlo”. Seria mejor reconocer nuestros temores en lugar de aparentar que no los tenemos.

Cultivar la comunicación

Fuera del Salero

Rebecca Manley Pippert

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